Showing posts with label libros. Show all posts
Showing posts with label libros. Show all posts

Sunday, June 10, 2012

El mago que vivi� para siempre

Para el final de esta m�s que movida primera semana de junio prefiero quedarme con el recuerdo de Ray Bradbury, con aquel chico de un pueblo de Illinois que nos regal� el verano de sus 12 a�os, convenientemente embotellado, para que ahora podamos degustarlo en el largo y fr�o invierno. Con el escritor formado a golpe de visitas a bibliotecas p�blicas, durante los a�os de la Gran Depresi�n, hecho a s� mismo y de dif�cil clasificaci�n pero siempre popular; ya sab�is: Si os dan papel pautado escribid por el otro lado con este recuerdo a Juan Ram�n Jim�nez dar�a comienzo a Farenheit 451. El descendiente de una de las brujas de Salem, que decidir�a en su infancia vivir para siempre a trav�s de la escritura, quien nos present� al se�or Mortajosario, a la Familia y al resto de seres nocturnos que nos visitan durante la noche de brujas con una promesa: De la ceniza volver�s. Con el so�ador, en fin, que hizo viajar a Marte el coraz�n humano y nos invit� a un picnic de un mill�n de a�os. El cuentacuentos que nos hizo conocer el terrible poder del ruido de un trueno. Pero, sobre todo, con el hombre que nos anim� a recordar la importancia de lo cotidiano, de mirar al otro que tenemos al lado. De no olvidarnos, en fin, que somos humanos. ;)

El mago que vivi� para siempre

Para el final de esta m�s que movida primera semana de junio prefiero quedarme con el recuerdo de Ray Bradbury, con aquel chico de un pueblo de Illinois que nos regal� el verano de sus 12 a�os, convenientemente embotellado, para que ahora podamos degustarlo en el largo y fr�o invierno. Con el escritor formado a golpe de visitas a bibliotecas p�blicas, durante los a�os de la Gran Depresi�n, hecho a s� mismo y de dif�cil clasificaci�n pero siempre popular; ya sab�is: Si os dan papel pautado escribid por el otro lado con este recuerdo a Juan Ram�n Jim�nez dar�a comienzo a Farenheit 451. El descendiente de una de las brujas de Salem, que decidir�a en su infancia vivir para siempre a trav�s de la escritura, quien nos present� al se�or Mortajosario, a la Familia y al resto de seres nocturnos que nos visitan durante la noche de brujas con una promesa: De la ceniza volver�s. Con el so�ador, en fin, que hizo viajar a Marte el coraz�n humano y nos invit� a un picnic de un mill�n de a�os. El cuentacuentos que nos hizo conocer el terrible poder del ruido de un trueno. Pero, sobre todo, con el hombre que nos anim� a recordar la importancia de lo cotidiano, de mirar al otro que tenemos al lado. De no olvidarnos, en fin, que somos humanos. ;)

Monday, May 28, 2012

Los hijos de los d�as

Un regalo / autoregalo para empezar la semana y terminar el mes con una sonrisa. ;) 

Los hijos de los d�as

Un regalo / autoregalo para empezar la semana y terminar el mes con una sonrisa. ;) 

Sunday, April 1, 2012

Raro...


�ltimamente ocurren sucesos extra�os:
  • Estrenan un nuevo canal de TV de cine en abierto, ahora ya tenemos dos: Paramount Channel y laSexta3. �Qu� fue de aquello de que solo consumimos Telebasura?
  • Amazon anuncia la llegada del Kindle Touch y el Kindle Touch 3G a finales de abril; sabemos que, en 3 meses, ya consigui� vender 500.000 ejemplares de su Kindle 4 en Espa�a. Menos mal que se lee poco...
�Ser� yo que me he ca�do en la dimensi�n desconocida? Si es as�, por favor, no pas�is a recogerme.  

Raro...


�ltimamente ocurren sucesos extra�os:
  • Estrenan un nuevo canal de TV de cine en abierto, ahora ya tenemos dos: Paramount Channel y laSexta3. �Qu� fue de aquello de que solo consumimos Telebasura?
  • Amazon anuncia la llegada del Kindle Touch y el Kindle Touch 3G a finales de abril; sabemos que, en 3 meses, ya consigui� vender 500.000 ejemplares de su Kindle 4 en Espa�a. Menos mal que se lee poco...
�Ser� yo que me he ca�do en la dimensi�n desconocida? Si es as�, por favor, no pas�is a recogerme.  

Sunday, January 22, 2012

Dandelion wine

Acaso sea porque estamos en enero, el verdadero comienzo del invierno, y ha llegado el momento de beber el vino del est�o, de dorado diente de le�n, sent�monos al calor de la lumbre, aunque sea el�ctrica, y bebamos de los recuerdos que nos hicieron tal como somos. 

�Cu�l fue nuestro primer recuerdo? �Cu�l el momento en que, como Doug Spaulding, fuimos realmente conscientes de lo que significa estar vivos? Hasta llegar aqu�, todos hemos recorrido un camino que nos ha dado forma. Decubrimientos realizados en eternos y soleados d�as de verano, cada uno id�ntico al otro en apariencia pero no en contenido. D�as en que se aprende que, para ser razonablemente feliz, hay que sacarle el jugo a lo que tenemos a mano en vez escuchar y dar cr�dito a los cantos de sirena emitidos por falsas m�quinas de la felicidad. Encontrarle el punto a las tareas diarias, cotidianas y rutinarias porque, sin ellas, por ejemplo, no podr�amos recolectar los preciosos dientes de le�n: maleza para la mayor�a, flor noble para quien las sepa ver:

Viajar al pasado prendidos de los recuerdos de otro, vencer a asesinos legendarios en inferioridad de condiciones, desprenderse de las pruebas de nuestra propia infancia cuando ya nadie cree en ella, enfrentarse a todo tipo de brujas... Incluso, y no es poco importante, aprender las diferentes formas que existen de despedidas. S�, aunque sea para volver a reencontrarse en el futuro, en otra vida y en otra historia, con tan solo una extravagancia como contrase�a.

Todo esto solo puede suceder durante los largos d�as de verano, conscientes de estar vivos, recolectando las flores de diente de le�n que vamos encontrando. Porque ahora, cuando llega el invierno, nos queda el vino del est�o, necesario para recordar lo que sabemos y sentir de nuevo los d�as soleados.
El vino de diente de le�n.
Las palabras sab�an a verano. El vino era verano encerrado y taponado. Y ahora que Douglas sab�a, realmente sab�a, que estaba vivo, y se mov�a en el mundo para verlo y tocarlo, conven�a que algo de este nuevo conocimiento, algo de este especial d�a de vendimia, fuera apartado y sellado, y abierto luego un d�a de enero, cuando nevara r�pidamente y el sol estuviese oculto desde semanas o meses atr�s, y el milagro, en parte olvidado, necesitara renovarse. Ser�a aquel un verano de insospechables maravillas, y Douglas quer�a que lo conservaran y orde�aran. En cualquier momento bajar�a de puntillas a ese h�medo crep�sculo y acercar�a las puntas de los dedos.
Y all�, hilera sobre hilera, con el color suave de las flores que se abren a la ma�ana, con la luz del sol de junio tras una d�bil pel�cula de polvo, estar�a el vino. Y al mirar el d�a invernal a trav�s de la botella... la nieve se fundir�a en pastos, en los �rboles vivir�an otra vez p�jaros, hojas, y capullos, como un continente de mariposas que se alzara al viento. Y el cielo acerado ser�a azul.
Ten el est�o en la mano, s�rvete un poco de est�o, un vasito nada m�s por supuesto, un sorbito para ni�os; cambia la estaci�n en tus venas llev�ndote el vaso a los labios y empinando el est�o.

Dandelion wine

Acaso sea porque estamos en enero, el verdadero comienzo del invierno, y ha llegado el momento de beber el vino del est�o, de dorado diente de le�n, sent�monos al calor de la lumbre, aunque sea el�ctrica, y bebamos de los recuerdos que nos hicieron tal como somos. 

�Cu�l fue nuestro primer recuerdo? �Cu�l el momento en que, como Doug Spaulding, fuimos realmente conscientes de lo que significa estar vivos? Hasta llegar aqu�, todos hemos recorrido un camino que nos ha dado forma. Decubrimientos realizados en eternos y soleados d�as de verano, cada uno id�ntico al otro en apariencia pero no en contenido. D�as en que se aprende que, para ser razonablemente feliz, hay que sacarle el jugo a lo que tenemos a mano en vez escuchar y dar cr�dito a los cantos de sirena emitidos por falsas m�quinas de la felicidad. Encontrarle el punto a las tareas diarias, cotidianas y rutinarias porque, sin ellas, por ejemplo, no podr�amos recolectar los preciosos dientes de le�n: maleza para la mayor�a, flor noble para quien las sepa ver:

Viajar al pasado prendidos de los recuerdos de otro, vencer a asesinos legendarios en inferioridad de condiciones, desprenderse de las pruebas de nuestra propia infancia cuando ya nadie cree en ella, enfrentarse a todo tipo de brujas... Incluso, y no es poco importante, aprender las diferentes formas que existen de despedidas. S�, aunque sea para volver a reencontrarse en el futuro, en otra vida y en otra historia, con tan solo una extravagancia como contrase�a.

Todo esto solo puede suceder durante los largos d�as de verano, conscientes de estar vivos, recolectando las flores de diente de le�n que vamos encontrando. Porque ahora, cuando llega el invierno, nos queda el vino del est�o, necesario para recordar lo que sabemos y sentir de nuevo los d�as soleados.
El vino de diente de le�n.
Las palabras sab�an a verano. El vino era verano encerrado y taponado. Y ahora que Douglas sab�a, realmente sab�a, que estaba vivo, y se mov�a en el mundo para verlo y tocarlo, conven�a que algo de este nuevo conocimiento, algo de este especial d�a de vendimia, fuera apartado y sellado, y abierto luego un d�a de enero, cuando nevara r�pidamente y el sol estuviese oculto desde semanas o meses atr�s, y el milagro, en parte olvidado, necesitara renovarse. Ser�a aquel un verano de insospechables maravillas, y Douglas quer�a que lo conservaran y orde�aran. En cualquier momento bajar�a de puntillas a ese h�medo crep�sculo y acercar�a las puntas de los dedos.
Y all�, hilera sobre hilera, con el color suave de las flores que se abren a la ma�ana, con la luz del sol de junio tras una d�bil pel�cula de polvo, estar�a el vino. Y al mirar el d�a invernal a trav�s de la botella... la nieve se fundir�a en pastos, en los �rboles vivir�an otra vez p�jaros, hojas, y capullos, como un continente de mariposas que se alzara al viento. Y el cielo acerado ser�a azul.
Ten el est�o en la mano, s�rvete un poco de est�o, un vasito nada m�s por supuesto, un sorbito para ni�os; cambia la estaci�n en tus venas llev�ndote el vaso a los labios y empinando el est�o.

Friday, September 9, 2011

Crionizada

Alliec
M�s que decir helada, claro. Cada cierto tiempo sale una noticia relacionada con la crionizaci�n humana. Es algo c�clico, no una novedad, es cierto. La de este final de verano ha sido que ya est�n aqu�. O por lo menos lo intentan.

Desde entonces no hago m�s que darle vueltas a una de las historias -reales- que nos cuenta el novelista Julian Barnes en su obra Nada que temer, un caso que refleja a la perfecci�n c�mo la realidad siempre termina por imponerse, por las buenas o por las malas. La vida es tragic�mica, qu� le vamos a hacer. Aunque me da que si la acci�n hubiese transcurrido en el siglo XIX en vez de en la actualidad... No s�, quiz�s hubiera tenido un cierto aire novelesco. Ahora... Sinceramente, no sabr�a describirlo.
Hist�ricamente, el Estado franc�s s�lo admit�a dos clases de seres humanos en su territorio: los vivos y los muertos. Nada m�s en medio. Si estabas vivo, te permit�an deambular y pagar impuestos. Si estabas muerto, ten�an que enterrarte o incinerarte. Cabr�a pensar que es una clasificaci�n t�picamente burocr�tica, por no decir ociosa. Pero har� unos veinte a�os su verdad jur�dica fue causa de disputa en los tribunales.

El caso se present� cuando una mujer apenas entrada en la mediana edad, a punto de morir de c�ncer, fue congelada cri�nicamente y depositada en una unidad de refrigeraci�n por su marido. El Estado franc�s, neg�ndose a aceptar que ella no estaba muerta, le exigi� que la sepultara o la incinerase. El marido llev� el caso a los tribunales y a la postre obtuvo el permiso de mantener a su esposa en el s�tano de su casa. Un par de decenios despu�s, �l tambi�n cuasi muri� y fue asimismo cri�nicamente congelado a la espera de la reuni�n conyugal que tan profundamente hab�a previsto.

Para los tanatoliberales, que buscan una posici�n intermedia entre el enfoque de libre mercado de la vida -tira el producto despu�s de usarlo- y la utop�a socialista de la eternidad para todos, la cri�nica podr�a ofrecer una respuesta. Te mueres, pero no mueres. Te extraen la sangre, te congelan el cuerpo y te mantienen vivo, o al menos no totalmente muerto, hasta que llegue el momento en que tu enfermedad sea ya curable, o la esperanza de vida se haya prolongado tanto que despiertes con muchos a�os nuevos por delante. La tecnolog�a reinterpreta la religi�n y depara una resurrecci�n creada por el hombre.

Esta historia francesa termin� hace poco de un modo l�gubremente conocido; un fallo el�ctrico elev� la temperatura de los cuerpos hasta un nivel que hizo imposible el retorno a la vida, y el hijo de la pareja tuvo que enfrentarse a la pesadilla de todos los due�os de un congelador. Lo que m�s me impresion� del episodio, sin embargo, fue la fotograf�a de peri�dico que lo ilustraba. Sacada en el s�tano de la casa francesa, mostraba al marido -a la saz�n �viudo� desde hac�a muchos a�os- sentado junto a la obsoleta maquinaria que albergaba a su mujer. Encima del congelador hab�a un florero y una fotograf�a enmarcada de la mujer en su seductora plenitud. Y all�, al lado de aquel recipiente de esperanza absurda, se sentaba un anciano demacrado y de aire deprimido.

Crionizada

Alliec
M�s que decir helada, claro. Cada cierto tiempo sale una noticia relacionada con la crionizaci�n humana. Es algo c�clico, no una novedad, es cierto. La de este final de verano ha sido que ya est�n aqu�. O por lo menos lo intentan.

Desde entonces no hago m�s que darle vueltas a una de las historias -reales- que nos cuenta el novelista Julian Barnes en su obra Nada que temer, un caso que refleja a la perfecci�n c�mo la realidad siempre termina por imponerse, por las buenas o por las malas. La vida es tragic�mica, qu� le vamos a hacer. Aunque me da que si la acci�n hubiese transcurrido en el siglo XIX en vez de en la actualidad... No s�, quiz�s hubiera tenido un cierto aire novelesco. Ahora... Sinceramente, no sabr�a describirlo.
Hist�ricamente, el Estado franc�s s�lo admit�a dos clases de seres humanos en su territorio: los vivos y los muertos. Nada m�s en medio. Si estabas vivo, te permit�an deambular y pagar impuestos. Si estabas muerto, ten�an que enterrarte o incinerarte. Cabr�a pensar que es una clasificaci�n t�picamente burocr�tica, por no decir ociosa. Pero har� unos veinte a�os su verdad jur�dica fue causa de disputa en los tribunales.

El caso se present� cuando una mujer apenas entrada en la mediana edad, a punto de morir de c�ncer, fue congelada cri�nicamente y depositada en una unidad de refrigeraci�n por su marido. El Estado franc�s, neg�ndose a aceptar que ella no estaba muerta, le exigi� que la sepultara o la incinerase. El marido llev� el caso a los tribunales y a la postre obtuvo el permiso de mantener a su esposa en el s�tano de su casa. Un par de decenios despu�s, �l tambi�n cuasi muri� y fue asimismo cri�nicamente congelado a la espera de la reuni�n conyugal que tan profundamente hab�a previsto.

Para los tanatoliberales, que buscan una posici�n intermedia entre el enfoque de libre mercado de la vida -tira el producto despu�s de usarlo- y la utop�a socialista de la eternidad para todos, la cri�nica podr�a ofrecer una respuesta. Te mueres, pero no mueres. Te extraen la sangre, te congelan el cuerpo y te mantienen vivo, o al menos no totalmente muerto, hasta que llegue el momento en que tu enfermedad sea ya curable, o la esperanza de vida se haya prolongado tanto que despiertes con muchos a�os nuevos por delante. La tecnolog�a reinterpreta la religi�n y depara una resurrecci�n creada por el hombre.

Esta historia francesa termin� hace poco de un modo l�gubremente conocido; un fallo el�ctrico elev� la temperatura de los cuerpos hasta un nivel que hizo imposible el retorno a la vida, y el hijo de la pareja tuvo que enfrentarse a la pesadilla de todos los due�os de un congelador. Lo que m�s me impresion� del episodio, sin embargo, fue la fotograf�a de peri�dico que lo ilustraba. Sacada en el s�tano de la casa francesa, mostraba al marido -a la saz�n �viudo� desde hac�a muchos a�os- sentado junto a la obsoleta maquinaria que albergaba a su mujer. Encima del congelador hab�a un florero y una fotograf�a enmarcada de la mujer en su seductora plenitud. Y all�, al lado de aquel recipiente de esperanza absurda, se sentaba un anciano demacrado y de aire deprimido.

Tuesday, February 15, 2011

La impaciencia del coraz�n

Tambi�n conocida como La piedad peligrosa, de Stefan Zweig.

Una de esas novelas a las que hac�a tiempo que quer�a dedicar una entrada pero con la que siempre me encontraba con el problema de no saber muy bien c�mo abordarla, por d�nde empezar a tirar del hilo porque, m�s que de un ovillo, se trata de una red. ;) Quiz�s sea bueno empezar hablando de la total falta de experiencia que tiene el protagonista, el teniente Anton Hofmiller, a la hora de tomar decisiones. Las primeras p�ginas de su historia nos lo dejan muy claro: fue su familia la que decidi� que ingresara en la academia militar y que formara parte del cuerpo de ulanos. Para terminarlo de arreglar, en la peque�a ciudad de provincias a la que ha sido destinado nada se sale de la rutina. Incluso cuando, por una casualidad, tiene la ocasi�n de acudir a una cena en el castillo de los Kekesfalva, todo se conduce seg�n las estrictas normas sociales de la �poca. Un traspi�s sin importancia y su af�n por quedar sinceramente bien con todo el mundo le ir� enredando m�s y m�s en una trampa de la que s�lo sabe escapar a �ltima hora y huyendo, sin dar la cara. El azar tambi�n aportar� su granito de arena para que todo acabe de la peor manera posible.

Para ser sinceros, la trampa no es totalmente suya, nadie se salva. Edith von Kekesfalva, la hija de la casa, es una adolescente paral�tica que se ha visto primero mimada y despu�s sobreprotegida por la familia. Tanto es as� que se ve doblemente agobiada por sus circunstancias: ni sabe c�mo manejar su situaci�n ni los que le rodean le prestan una ayuda realmente v�lida. Como consecuencia, reacciona y lo planifica todo a la desesperada, como un animal enjaulado. Malinterpreta la compasi�n de Hofmiller y cree ver el amor en �l primero y, como no pod�a ser de otra manera, un clavo al que aferrarse despu�s. Su padre, Lajos, har� lo que sea por que todo se haga seg�n su deseo. Hace mucho que Edith se convirti� en lo �nico que de verdad le queda, su historia tampoco es amable, y su hija no duda en aprovecharlo. El �nico que pone un poco de orden en todo esto es el doctor Condor, un hombre capaz de acompa�ar sinceramente a un enfermo por desesperada que sea su situaci�n, de sostener su �nimo y de ofrecer su ayuda por encima de todo prejuicio social pero que, tambi�n �l, ha traspasado unos l�mites, como puede verse en el caso de la historia de su esposa ciega. 

Curiosamente, es Edith la �nica que toma una decisi�n con su suicidio, incapaz de resignarse a seguir siendo tratada casi como un objeto, mientras que Hofmiller se pasar� toda la vida huyendo a causa de este suceso. Ni el tiempo ni los acontecimientos producir�n un cambio real en �l a pesar de los remordimientos, como demuestra un encuentro casual con Condor a�os despu�s: preferir� desaparecer antes de que el doctor se percate de su presencia en vez de enfrentarse a su juicio, como a�os antes temi� enfrentarse al juicio de los dem�s. Como punto final a la historia, contada siempre desde el punto de vista de Hofmiller, nos dejar� tambi�n d�ndole vueltas a todo lo visto, escuchado y presenciado, de las reacciones ante el dolor ajeno, de la rigidez de una �poca pasada no hace tanto y de lo actual de las descripciones psicol�gicas de los personajes una vez, eso s�, que nos veamos libres del torbellino que produce la narraci�n para sopesarla por nosotros mismos.

La impaciencia del coraz�n

Tambi�n conocida como La piedad peligrosa, de Stefan Zweig.

Una de esas novelas a las que hac�a tiempo que quer�a dedicar una entrada pero con la que siempre me encontraba con el problema de no saber muy bien c�mo abordarla, por d�nde empezar a tirar del hilo porque, m�s que de un ovillo, se trata de una red. ;) Quiz�s sea bueno empezar hablando de la total falta de experiencia que tiene el protagonista, el teniente Anton Hofmiller, a la hora de tomar decisiones. Las primeras p�ginas de su historia nos lo dejan muy claro: fue su familia la que decidi� que ingresara en la academia militar y que formara parte del cuerpo de ulanos. Para terminarlo de arreglar, en la peque�a ciudad de provincias a la que ha sido destinado nada se sale de la rutina. Incluso cuando, por una casualidad, tiene la ocasi�n de acudir a una cena en el castillo de los Kekesfalva, todo se conduce seg�n las estrictas normas sociales de la �poca. Un traspi�s sin importancia y su af�n por quedar sinceramente bien con todo el mundo le ir� enredando m�s y m�s en una trampa de la que s�lo sabe escapar a �ltima hora y huyendo, sin dar la cara. El azar tambi�n aportar� su granito de arena para que todo acabe de la peor manera posible.

Para ser sinceros, la trampa no es totalmente suya, nadie se salva. Edith von Kekesfalva, la hija de la casa, es una adolescente paral�tica que se ha visto primero mimada y despu�s sobreprotegida por la familia. Tanto es as� que se ve doblemente agobiada por sus circunstancias: ni sabe c�mo manejar su situaci�n ni los que le rodean le prestan una ayuda realmente v�lida. Como consecuencia, reacciona y lo planifica todo a la desesperada, como un animal enjaulado. Malinterpreta la compasi�n de Hofmiller y cree ver el amor en �l primero y, como no pod�a ser de otra manera, un clavo al que aferrarse despu�s. Su padre, Lajos, har� lo que sea por que todo se haga seg�n su deseo. Hace mucho que Edith se convirti� en lo �nico que de verdad le queda, su historia tampoco es amable, y su hija no duda en aprovecharlo. El �nico que pone un poco de orden en todo esto es el doctor Condor, un hombre capaz de acompa�ar sinceramente a un enfermo por desesperada que sea su situaci�n, de sostener su �nimo y de ofrecer su ayuda por encima de todo prejuicio social pero que, tambi�n �l, ha traspasado unos l�mites, como puede verse en el caso de la historia de su esposa ciega. 

Curiosamente, es Edith la �nica que toma una decisi�n con su suicidio, incapaz de resignarse a seguir siendo tratada casi como un objeto, mientras que Hofmiller se pasar� toda la vida huyendo a causa de este suceso. Ni el tiempo ni los acontecimientos producir�n un cambio real en �l a pesar de los remordimientos, como demuestra un encuentro casual con Condor a�os despu�s: preferir� desaparecer antes de que el doctor se percate de su presencia en vez de enfrentarse a su juicio, como a�os antes temi� enfrentarse al juicio de los dem�s. Como punto final a la historia, contada siempre desde el punto de vista de Hofmiller, nos dejar� tambi�n d�ndole vueltas a todo lo visto, escuchado y presenciado, de las reacciones ante el dolor ajeno, de la rigidez de una �poca pasada no hace tanto y de lo actual de las descripciones psicol�gicas de los personajes una vez, eso s�, que nos veamos libres del torbellino que produce la narraci�n para sopesarla por nosotros mismos.

Thursday, September 16, 2010

Do�a Fortuna y don Dinero

Pues, se�ores, vengamos al caso: era �ste que viv�an enamorados do�a Fortuna y don Dinero, de manera que no se ve�a al uno sin el otro. Tras de la soga anda el caldero; tras do�a Fortuna andaba don Dinero: as� sucedi� que dio la gente en murmurar, por lo que determinaron casarse.
Era don Dinero un gordote rechoncho, con una cabeza redonda de oro del Per�, una barriga de plata de M�jico, unas piernas de cobre de Segovia y unas zapatas de papel de la gran f�brica de Madrid.
Do�a Fortuna era una locona, sin fe ni ley, muy raspagona, muy rala, y m�s ciega que un topo.
No bien se hubieron los novios comido el pan de la boda, que se pusieron de esquina: la mujer quer�a mandar, pero don Dinero, que es engre�do y soberbio, no estaba por ese gusto.
Se�ores, dec�a mi padre (en gloria est�) que si el mar se casase, hab�a de perder su braveza; pero don Dinero es m�s soberbio que el mar y no perd�a sus �nfulas.
Como ambos quer�an ser m�s y mejor y ninguno quer�a ser menos, determinaron hacer la prueba de cu�l de los dos tendr�a m�s poder.
-Mira -le dijo la mujer al marido-, �ves all� abajo en el chueco de un olivo aquel pobre tan cabizbajo y moh�no? Vamos a ver cu�l de los dos, t� o yo, le hacemos mejor suerte.
Convino el marido; enderezaron hacia el olivo y all� se encamparon; �l raneando, ella de un salto.
El hombre, que era un desdichado que en la vida le hab�a echado la vista encima ni al uno ni al otro, abri� los ojos tama�os como aceitunas cuando aquellos dos us�as se le plantaron delante.
-�Dios te guarde! -dijo don Dinero.
-Y a us�a tambi�n -contest� el pobre.
-�No me conoces?
-No conozco a su merced sino para servirle.
-�Nunca has visto mi cara?
-En la vida de Dios.
-Pues qu�, �nada posees?
-S�, se�or; tengo seis hijos desnudos como cerrojos, con ga�otes como calcetas viejas; pero en punto a bienes, no tengo m�s que un coge y come cuando lo hay.
-�Y por qu� no trabajas?
-�Toma! Porque no hallo trabajo. �Tengo tan mala fortuna, que todo me sale torcido como cuerno de cabra! Desde que me cas� pareci� que me hab�a ca�do la helada, y soy la prosulta de la desdicha, se�or. Ah� nos puso un amo a labrarle un pozo a destajo, aprometi�ndonos sendos doblones cuando se le diese rematado; pero antes no soltaba un maraved�; asina fue el trato.
-Y bien que lo pens� el due�o -dijo sentenciosamente su interlocutor-, pues dice el refr�n dineros tomados, brazos quebrados. Sigue, hombre.
-Nos pusimos a trabajar echando el alma, porque aqu� donde su merced me ve con esta facha ruin, yo soy un hombre, se�or.
-�Ya! -dijo don Dinero-. En eso estoy.
-Es, se�or -repuso el hombre-, que hay cuatro clases de hombres: hay hombres como son los hombres; hay hombrecillos, hay monicacos y hay monicaquillos que no merecen ni el agua que beben. Pero, como iba diciendo, por mucho que cavamos, por m�s que ahondamos, ni una gota de agua hallamos. No parec�a sino que se hab�an secado los centros de la tierra; nada hallamos, se�or, a la fin y a la postre, sino un zapatero de viejo.
-�En las entra�as de la tierra! -exclam� don Dinero, indignado de saber tan mal avecindado su palacio solariego.
-No, se�or -respondi� el pobre-; no en las entra�as de la tierra, sino de la otra banda, en la tierra de la otra gente.
-�Qu� gentes, hombre?
-Las antr�pulas, se�or.
-Quiero favorecerte, amigo -dijo don Dinero metiendo al pobre pomposamente un duro en la mano.
Al pobre le pareci� aquello un sue�o y ech� a correr que volaba, que la alegr�a le puso alas a los pies; arrib� derechito a una panader�a y compr� pan; pero cuando fue a sacar la moneda no hall� sino un agujero, por el que se hab�a salido el duro sin despedirse.
El pobre, desesperado, se puso a buscarlo; pero �qu� hab�a de hallar! Cochino que es para el lobo no hay San Ant�n que le guarde.
Tras el duro perdi� el tiempo, y tras el tiempo la paciencia, y se puso a echarle a su mala fortuna cada maldici�n que abr�a las carnes.
Do�a Fortuna se tend�a de risa; la cara de don Dinero se puso a�n m�s amarilla de coraje; pero no tuvo m�s remedio que rascarse el bolsillo y darle al pobre otra onza.
A �ste le entr� un alegr�n que le sal�a el coraz�n por los ojos.
Esta vez no fue a por pan, sino a una tienda en que merc� telas para echarles a la mujer y a los hijos un rocioncito de ropa encima.
Pero cuando fue a pagar y entreg� la onza, el mercader le puso por esos mundos, diciendo que aquella era una mala moneda; que, por tanto, ser�a su due�o un monedero falso y que lo iba a delatar a la justicia.
El pobre, al o�r esto, se abochorn� y se le puso la cara tan encendida que se pod�an tostar habas en ella; toc� de suela y fue a contarle a don Dinero lo que le pasaba, llorando por su cara abajo.
Al o�rlo do�a Fortuna, se desternillaba de risa y a don Dinero se le iba subiendo la mostaza a las narices.
-Toma -le dijo al pobre d�ndole dos mil reales-; mala fortuna tienes, pero yo te he de sacar adelante o he de poder poco.
El pobre se fue tan enajenado que no vio, hasta que dio de narices con ellos, a unos ladrones que lo dejaron como su madre lo pari�.
Do�a Fortuna le hac�a la mamola a su marido, y �ste estaba m�s corrido que una mona.
-Ahora me toca a mi -le dijo-, y hemos de ver qui�n puede m�s, las faldas o los calzones.
Acerc�se entonces al pobre, que se hab�a tirado al suelo y se arrancaba los cabellos, y sopl� sobre �l. Al punto se hall� �ste debajo de la mano el duro que se le hab�a perdido.
-Algo es algo -dijo para s�-; vamos a comprarles pan a mis hijos, que ha tres d�as que andan a medio sueldo y tendr�n los est�magos m�s limpios que una paterna.
Al pasar frente a la tienda en la que se hab�a mercado la ropa, lo llam� el mercader y le dijo que le hab�a de disimular lo que hab�a hecho con �l; que se le figur� que la onza era mala, pero que habiendo acertado a entrar all� el contrastador, le hab�a asegurado que la onza era buen�sima y tan cabal en el peso que m�s bien le sobraba que no le faltaba; que ah� la ten�a, y adem�s toda la ropa que hab�a apartado, que le daba en cambio de lo que hab�a hecho con �l.
El pobre se dio por satisfecho, carg� con todo, y al pasar por la plaza, cate usted ah� que la partida de napoleones de la Guardia Civil tra�a presos a los ladrones que le hab�an robado, y en seguida el juez, que era un juez como Dios manda, le hizo restituir los dos mil reales sin costas ni mermas. Puso el pobre este dinero con un compadre suyo en una mina, y no bien hab�an ahondado tres varas, cuando se hallaron un fil�n de oro, otro de plomo y otro de hierro. A poco le dijeron don, luego us�a y luego excelencia.
Desde entonces tiene do�a Fortuna a su marido amilanado y metido en un zapato, y ella, m�s casquivana, m�s desatinada que nunca, sigue repartiendo sus favores sin ton ni son, al buen tunt�n, a la buena de Dios, a cara o cruz, a manera de palo de ciego, y alguno alcanzar� al narrador si le agrada el cuento al lector.
Espero que a do�a Fortuna le d� por repartir entre todos. ;) Como hay veces en que un blog es tambi�n ese lugar en que ponemos aquello que queremos volver a encontrar, aqu� os dejo con uno de los cuentos recopilados por Fern�n Caballero. Si os gusta, ten�is m�s en los siguientes enlaces:

Do�a Fortuna y don Dinero

Pues, se�ores, vengamos al caso: era �ste que viv�an enamorados do�a Fortuna y don Dinero, de manera que no se ve�a al uno sin el otro. Tras de la soga anda el caldero; tras do�a Fortuna andaba don Dinero: as� sucedi� que dio la gente en murmurar, por lo que determinaron casarse.
Era don Dinero un gordote rechoncho, con una cabeza redonda de oro del Per�, una barriga de plata de M�jico, unas piernas de cobre de Segovia y unas zapatas de papel de la gran f�brica de Madrid.
Do�a Fortuna era una locona, sin fe ni ley, muy raspagona, muy rala, y m�s ciega que un topo.
No bien se hubieron los novios comido el pan de la boda, que se pusieron de esquina: la mujer quer�a mandar, pero don Dinero, que es engre�do y soberbio, no estaba por ese gusto.
Se�ores, dec�a mi padre (en gloria est�) que si el mar se casase, hab�a de perder su braveza; pero don Dinero es m�s soberbio que el mar y no perd�a sus �nfulas.
Como ambos quer�an ser m�s y mejor y ninguno quer�a ser menos, determinaron hacer la prueba de cu�l de los dos tendr�a m�s poder.
-Mira -le dijo la mujer al marido-, �ves all� abajo en el chueco de un olivo aquel pobre tan cabizbajo y moh�no? Vamos a ver cu�l de los dos, t� o yo, le hacemos mejor suerte.
Convino el marido; enderezaron hacia el olivo y all� se encamparon; �l raneando, ella de un salto.
El hombre, que era un desdichado que en la vida le hab�a echado la vista encima ni al uno ni al otro, abri� los ojos tama�os como aceitunas cuando aquellos dos us�as se le plantaron delante.
-�Dios te guarde! -dijo don Dinero.
-Y a us�a tambi�n -contest� el pobre.
-�No me conoces?
-No conozco a su merced sino para servirle.
-�Nunca has visto mi cara?
-En la vida de Dios.
-Pues qu�, �nada posees?
-S�, se�or; tengo seis hijos desnudos como cerrojos, con ga�otes como calcetas viejas; pero en punto a bienes, no tengo m�s que un coge y come cuando lo hay.
-�Y por qu� no trabajas?
-�Toma! Porque no hallo trabajo. �Tengo tan mala fortuna, que todo me sale torcido como cuerno de cabra! Desde que me cas� pareci� que me hab�a ca�do la helada, y soy la prosulta de la desdicha, se�or. Ah� nos puso un amo a labrarle un pozo a destajo, aprometi�ndonos sendos doblones cuando se le diese rematado; pero antes no soltaba un maraved�; asina fue el trato.
-Y bien que lo pens� el due�o -dijo sentenciosamente su interlocutor-, pues dice el refr�n dineros tomados, brazos quebrados. Sigue, hombre.
-Nos pusimos a trabajar echando el alma, porque aqu� donde su merced me ve con esta facha ruin, yo soy un hombre, se�or.
-�Ya! -dijo don Dinero-. En eso estoy.
-Es, se�or -repuso el hombre-, que hay cuatro clases de hombres: hay hombres como son los hombres; hay hombrecillos, hay monicacos y hay monicaquillos que no merecen ni el agua que beben. Pero, como iba diciendo, por mucho que cavamos, por m�s que ahondamos, ni una gota de agua hallamos. No parec�a sino que se hab�an secado los centros de la tierra; nada hallamos, se�or, a la fin y a la postre, sino un zapatero de viejo.
-�En las entra�as de la tierra! -exclam� don Dinero, indignado de saber tan mal avecindado su palacio solariego.
-No, se�or -respondi� el pobre-; no en las entra�as de la tierra, sino de la otra banda, en la tierra de la otra gente.
-�Qu� gentes, hombre?
-Las antr�pulas, se�or.
-Quiero favorecerte, amigo -dijo don Dinero metiendo al pobre pomposamente un duro en la mano.
Al pobre le pareci� aquello un sue�o y ech� a correr que volaba, que la alegr�a le puso alas a los pies; arrib� derechito a una panader�a y compr� pan; pero cuando fue a sacar la moneda no hall� sino un agujero, por el que se hab�a salido el duro sin despedirse.
El pobre, desesperado, se puso a buscarlo; pero �qu� hab�a de hallar! Cochino que es para el lobo no hay San Ant�n que le guarde.
Tras el duro perdi� el tiempo, y tras el tiempo la paciencia, y se puso a echarle a su mala fortuna cada maldici�n que abr�a las carnes.
Do�a Fortuna se tend�a de risa; la cara de don Dinero se puso a�n m�s amarilla de coraje; pero no tuvo m�s remedio que rascarse el bolsillo y darle al pobre otra onza.
A �ste le entr� un alegr�n que le sal�a el coraz�n por los ojos.
Esta vez no fue a por pan, sino a una tienda en que merc� telas para echarles a la mujer y a los hijos un rocioncito de ropa encima.
Pero cuando fue a pagar y entreg� la onza, el mercader le puso por esos mundos, diciendo que aquella era una mala moneda; que, por tanto, ser�a su due�o un monedero falso y que lo iba a delatar a la justicia.
El pobre, al o�r esto, se abochorn� y se le puso la cara tan encendida que se pod�an tostar habas en ella; toc� de suela y fue a contarle a don Dinero lo que le pasaba, llorando por su cara abajo.
Al o�rlo do�a Fortuna, se desternillaba de risa y a don Dinero se le iba subiendo la mostaza a las narices.
-Toma -le dijo al pobre d�ndole dos mil reales-; mala fortuna tienes, pero yo te he de sacar adelante o he de poder poco.
El pobre se fue tan enajenado que no vio, hasta que dio de narices con ellos, a unos ladrones que lo dejaron como su madre lo pari�.
Do�a Fortuna le hac�a la mamola a su marido, y �ste estaba m�s corrido que una mona.
-Ahora me toca a mi -le dijo-, y hemos de ver qui�n puede m�s, las faldas o los calzones.
Acerc�se entonces al pobre, que se hab�a tirado al suelo y se arrancaba los cabellos, y sopl� sobre �l. Al punto se hall� �ste debajo de la mano el duro que se le hab�a perdido.
-Algo es algo -dijo para s�-; vamos a comprarles pan a mis hijos, que ha tres d�as que andan a medio sueldo y tendr�n los est�magos m�s limpios que una paterna.
Al pasar frente a la tienda en la que se hab�a mercado la ropa, lo llam� el mercader y le dijo que le hab�a de disimular lo que hab�a hecho con �l; que se le figur� que la onza era mala, pero que habiendo acertado a entrar all� el contrastador, le hab�a asegurado que la onza era buen�sima y tan cabal en el peso que m�s bien le sobraba que no le faltaba; que ah� la ten�a, y adem�s toda la ropa que hab�a apartado, que le daba en cambio de lo que hab�a hecho con �l.
El pobre se dio por satisfecho, carg� con todo, y al pasar por la plaza, cate usted ah� que la partida de napoleones de la Guardia Civil tra�a presos a los ladrones que le hab�an robado, y en seguida el juez, que era un juez como Dios manda, le hizo restituir los dos mil reales sin costas ni mermas. Puso el pobre este dinero con un compadre suyo en una mina, y no bien hab�an ahondado tres varas, cuando se hallaron un fil�n de oro, otro de plomo y otro de hierro. A poco le dijeron don, luego us�a y luego excelencia.
Desde entonces tiene do�a Fortuna a su marido amilanado y metido en un zapato, y ella, m�s casquivana, m�s desatinada que nunca, sigue repartiendo sus favores sin ton ni son, al buen tunt�n, a la buena de Dios, a cara o cruz, a manera de palo de ciego, y alguno alcanzar� al narrador si le agrada el cuento al lector.
Espero que a do�a Fortuna le d� por repartir entre todos. ;) Como hay veces en que un blog es tambi�n ese lugar en que ponemos aquello que queremos volver a encontrar, aqu� os dejo con uno de los cuentos recopilados por Fern�n Caballero. Si os gusta, ten�is m�s en los siguientes enlaces:

Monday, July 26, 2010

Ella: una historia de aventuras

El t�tulo no miente: si de algo podemos estar seguros en esta novela de Henry Rider Haggard es de que es una magn�fica novela de aventuras, una buena lectura para estas fechas. Una historia de aventuras en �frica, de exploradores del siglo XIX; una historia de fantas�a y de terror, donde todo es posible; y, sobre todo, la historia de una protagonista que no s�lo alcanza la inmortalidad en el libro sino que ha conseguido convertirse en uno de los personajes m�s carism�ticos y atemporales de la literatura popular, inspirando a su vez a un buen n�mero de autores. Mucho se ha escrito sobre Ayesha, pero mejor es acercarse a lo que nos dej� escrito Haggard sobre Ella.

La historia comienza con nuestro narrador, Horace Holly, tutor de Leo Vincey. �l es quien nos gu�a a trav�s de toda esta aventura y quien acompa�a a Leo a �frica para llegar hasta el fondo de un misterio instalado en la familia Vincey desde hace m�s de dos mil a�os: la b�squeda de una reina inmortal de la que una antigua tradici�n familiar les exige vengarse. Siguiendo el hilo de esta extra�a historia, Holly y Leo llegan a la ciudad de K�r, lugar en el que se oculta Ayesha y territorio del actual pueblo de los amahagger, la cuna de una antigua civilizaci�n desaparecida. Todo en la ciudad recuerda el esplendor pasado y el extra�o cataclismo que la hizo desaparecer: sus obras sirven muchas veces de excusa para hacernos mostrar las diferencias de car�cter de Holly y Ayesha, dando algo de profundidad a la historia, y sus numerosas tumbas e historias crean un ambiente inquietante: el de la constante presencia de la muerte en un lugar en el que reina un ser que alcanz� la inmortalidad. Porque la novela es, en parte, la historia de esta inmortalidad: la forma en la que Ayesha aguarda durante milenios el regreso de alguien con quien compartirla, a solas con sus recuerdos y con sus penas, capaz de lo mejor y de lo peor. Quiz�s sea �ste parte de su encanto, la historia de un personaje que no se detiene ante nada, ni siquiera ante la muerte porque, incluso si ha de sucumbir, de una cosa podemos estar seguros: ser� por poco tiempo, ser� para volver. ;)

Ella: una historia de aventuras

El t�tulo no miente: si de algo podemos estar seguros en esta novela de Henry Rider Haggard es de que es una magn�fica novela de aventuras, una buena lectura para estas fechas. Una historia de aventuras en �frica, de exploradores del siglo XIX; una historia de fantas�a y de terror, donde todo es posible; y, sobre todo, la historia de una protagonista que no s�lo alcanza la inmortalidad en el libro sino que ha conseguido convertirse en uno de los personajes m�s carism�ticos y atemporales de la literatura popular, inspirando a su vez a un buen n�mero de autores. Mucho se ha escrito sobre Ayesha, pero mejor es acercarse a lo que nos dej� escrito Haggard sobre Ella.

La historia comienza con nuestro narrador, Horace Holly, tutor de Leo Vincey. �l es quien nos gu�a a trav�s de toda esta aventura y quien acompa�a a Leo a �frica para llegar hasta el fondo de un misterio instalado en la familia Vincey desde hace m�s de dos mil a�os: la b�squeda de una reina inmortal de la que una antigua tradici�n familiar les exige vengarse. Siguiendo el hilo de esta extra�a historia, Holly y Leo llegan a la ciudad de K�r, lugar en el que se oculta Ayesha y territorio del actual pueblo de los amahagger, la cuna de una antigua civilizaci�n desaparecida. Todo en la ciudad recuerda el esplendor pasado y el extra�o cataclismo que la hizo desaparecer: sus obras sirven muchas veces de excusa para hacernos mostrar las diferencias de car�cter de Holly y Ayesha, dando algo de profundidad a la historia, y sus numerosas tumbas e historias crean un ambiente inquietante: el de la constante presencia de la muerte en un lugar en el que reina un ser que alcanz� la inmortalidad. Porque la novela es, en parte, la historia de esta inmortalidad: la forma en la que Ayesha aguarda durante milenios el regreso de alguien con quien compartirla, a solas con sus recuerdos y con sus penas, capaz de lo mejor y de lo peor. Quiz�s sea �ste parte de su encanto, la historia de un personaje que no se detiene ante nada, ni siquiera ante la muerte porque, incluso si ha de sucumbir, de una cosa podemos estar seguros: ser� por poco tiempo, ser� para volver. ;)

Wednesday, April 28, 2010

La torre vig�a, de Ana Mar�a Matute

Seguramente mucha gente no conozca este novela, ya que cuando se habla de la Trilog�a Medieval de Ana M� Matute, la mayor�a de las veces se hace referencia a Olvidado Rey Gud� y muy pocas se habla de las novelas La torre vig�a y Aranmanoth -o se hace s�lo de pasada-. Sobre Gud�, quiz�s la opini�n mayoritaria sea que es un libro extra�o, uno de esos libros que marcan cuando se leen: o gusta mucho o no gusta nada, grande en todos los sentidos de la palabra. Y, sin embargo, cuando se trata de esta Trilog�a Medieval, yo siempre estoy m�s dispuesta a recomendar que se empiece por La torre vig�a o Aranmanoth que por Gud�. Sobre todo, por La torre vig�a. ;) Por muchos motivos, pero sobre todo porque, a pesar de ser una historia corta, o quiz�s precisamente en parte por eso, supone una buena introducci�n a los temas tratados por la autora, al lenguaje y a la atm�sfera fant�stica que se pueden encontrar en estos tres libros. Por lo que me he encontrado, me he llevado siempre la impresi�n de que Gud� puede abrumar a muchos con su forma de contar historias y su extensi�n si no se ha tomado un primer contacto con esta particular regi�n del pa�s de Fantas�a, y es una pena. Su t�tulo y fama atrae al curioso, pero siempre es mejor empezar por cualquiera de los otros dos, probar un peque�o bocado -que no menor- y decidir si nos gusta o no. Y vaya si puede llegar a gustar. 

Leer La torre vig�a fue descubrir toda una nueva forma de narrar una historia y de sumergirse en la fantas�a, algo que s�lo ocurre al acercarnos a uno de los grandes y ver que, por alguna raz�n, tambi�n participamos en parte de cierta visi�n del mundo. La historia se puede resumir como los primeros a�os de un joven y de su preparaci�n como caballero; se puede hablar de una infancia semisalvaje en casa de su padre, donde predomina la violencia, y su posterior formaci�n ya como adolescente en el castillo del bar�n Mohl, donde vuelve a reencontrarse con la inquietante presencia de sus tres hermanos mayores. Tambi�n se puede hablar de los caracteres opuestos y contradictorios del bar�n y la baronesa -la ogresa-, en realidad una forma m�s de querer elevarse sobre la barbarie, y de la presencia cont�nua de la Estepa. Muchos personajes -tambi�n los barones- parecen querer ver en el protagonista la esperanza de algo o le atraen hacia ellos mismos para huir de sus miedos y debilidades, a pesar de su apariencia brusca. Hacia el final, comienza su verdadera formaci�n como vig�a de la torre, momento en que todo se precipita y donde nada ser� lo que parec�a a simple vista en un principio. En resumen, un viaje que vale la pena realizar, un viaje en el que conocer a personajes como Mohl, la ogresa, Krim, el vig�a o el propio protagonista, de quien nunca llegamos a conocer el nombre...

Dejo aqu� un fragmento:

Tras contarme estas cosas, el muchacho vig�a parec�a muy fatigado.
-He sido mendigo salteador, guerrero a sueldo... -dec�a-. Y tambi�n aprendiz de alquimista. Pero, aunque entonces no lo supiera, la verdad es que siempre estuve aqu�.
Se�al� las almenas, que en aquel momento se encend�an.
-Alcanc� este lugar, y nada ni nadie me obligar� a descender de �l. S�lo espero a aquel capaz de reemplazarme, y continuarme... Porque, para mi mal, llegu� a esta torre cuando estaba muy fatigado, herido y manchado por la tierra. Mi fuego se ha diezmado en incontables cenizas, y no soy capaz de sobrevivirme.
-Nadie puede sobrevivirse -murmur�, ganado por su desaliento.
�l movi� la cabeza, con aquel gesto que nunca supe si era negaci�n o renuncia:
-Aquel alquimista a quien serv� no buscaba, en verdad, la f�rmula del oro, sino la continuidad de la vida. Algo que permita al hombre reemplazarse a s� mismo, y conseguir su verdadero ser. Aquel viejo dec�a a menudo que quien alcance esto (si llegaba alg�n d�a a existir) no vivir� apartado de los otros hombres, ni amurallado, ni oculto. Sino que, por el contrario, se prodigar� como la lluvia. Pero, joven caballero, no escuches estas necias memorias, pues mi viejo alquimista no dio con el secreto, ni obtuvo esa f�rmula. Aunque, a menudo, crey� rozarla con los dedos...
Una indignaci�n pueril, por injusta, me exalt�:
-�C�mo sabes que no lo consigui�, est�pido mendigo...?
-Yo no s� nada... -volvi� a decir, repleg�ndose, como un t�mido caracol-. S�lo te cuento lo que estos ojos vieron.

Y un enlace. ;)

La torre vig�a, de Ana Mar�a Matute

Seguramente mucha gente no conozca este novela, ya que cuando se habla de la Trilog�a Medieval de Ana M� Matute, la mayor�a de las veces se hace referencia a Olvidado Rey Gud� y muy pocas se habla de las novelas La torre vig�a y Aranmanoth -o se hace s�lo de pasada-. Sobre Gud�, quiz�s la opini�n mayoritaria sea que es un libro extra�o, uno de esos libros que marcan cuando se leen: o gusta mucho o no gusta nada, grande en todos los sentidos de la palabra. Y, sin embargo, cuando se trata de esta Trilog�a Medieval, yo siempre estoy m�s dispuesta a recomendar que se empiece por La torre vig�a o Aranmanoth que por Gud�. Sobre todo, por La torre vig�a. ;) Por muchos motivos, pero sobre todo porque, a pesar de ser una historia corta, o quiz�s precisamente en parte por eso, supone una buena introducci�n a los temas tratados por la autora, al lenguaje y a la atm�sfera fant�stica que se pueden encontrar en estos tres libros. Por lo que me he encontrado, me he llevado siempre la impresi�n de que Gud� puede abrumar a muchos con su forma de contar historias y su extensi�n si no se ha tomado un primer contacto con esta particular regi�n del pa�s de Fantas�a, y es una pena. Su t�tulo y fama atrae al curioso, pero siempre es mejor empezar por cualquiera de los otros dos, probar un peque�o bocado -que no menor- y decidir si nos gusta o no. Y vaya si puede llegar a gustar. 

Leer La torre vig�a fue descubrir toda una nueva forma de narrar una historia y de sumergirse en la fantas�a, algo que s�lo ocurre al acercarnos a uno de los grandes y ver que, por alguna raz�n, tambi�n participamos en parte de cierta visi�n del mundo. La historia se puede resumir como los primeros a�os de un joven y de su preparaci�n como caballero; se puede hablar de una infancia semisalvaje en casa de su padre, donde predomina la violencia, y su posterior formaci�n ya como adolescente en el castillo del bar�n Mohl, donde vuelve a reencontrarse con la inquietante presencia de sus tres hermanos mayores. Tambi�n se puede hablar de los caracteres opuestos y contradictorios del bar�n y la baronesa -la ogresa-, en realidad una forma m�s de querer elevarse sobre la barbarie, y de la presencia cont�nua de la Estepa. Muchos personajes -tambi�n los barones- parecen querer ver en el protagonista la esperanza de algo o le atraen hacia ellos mismos para huir de sus miedos y debilidades, a pesar de su apariencia brusca. Hacia el final, comienza su verdadera formaci�n como vig�a de la torre, momento en que todo se precipita y donde nada ser� lo que parec�a a simple vista en un principio. En resumen, un viaje que vale la pena realizar, un viaje en el que conocer a personajes como Mohl, la ogresa, Krim, el vig�a o el propio protagonista, de quien nunca llegamos a conocer el nombre...

Dejo aqu� un fragmento:

Tras contarme estas cosas, el muchacho vig�a parec�a muy fatigado.
-He sido mendigo salteador, guerrero a sueldo... -dec�a-. Y tambi�n aprendiz de alquimista. Pero, aunque entonces no lo supiera, la verdad es que siempre estuve aqu�.
Se�al� las almenas, que en aquel momento se encend�an.
-Alcanc� este lugar, y nada ni nadie me obligar� a descender de �l. S�lo espero a aquel capaz de reemplazarme, y continuarme... Porque, para mi mal, llegu� a esta torre cuando estaba muy fatigado, herido y manchado por la tierra. Mi fuego se ha diezmado en incontables cenizas, y no soy capaz de sobrevivirme.
-Nadie puede sobrevivirse -murmur�, ganado por su desaliento.
�l movi� la cabeza, con aquel gesto que nunca supe si era negaci�n o renuncia:
-Aquel alquimista a quien serv� no buscaba, en verdad, la f�rmula del oro, sino la continuidad de la vida. Algo que permita al hombre reemplazarse a s� mismo, y conseguir su verdadero ser. Aquel viejo dec�a a menudo que quien alcance esto (si llegaba alg�n d�a a existir) no vivir� apartado de los otros hombres, ni amurallado, ni oculto. Sino que, por el contrario, se prodigar� como la lluvia. Pero, joven caballero, no escuches estas necias memorias, pues mi viejo alquimista no dio con el secreto, ni obtuvo esa f�rmula. Aunque, a menudo, crey� rozarla con los dedos...
Una indignaci�n pueril, por injusta, me exalt�:
-�C�mo sabes que no lo consigui�, est�pido mendigo...?
-Yo no s� nada... -volvi� a decir, repleg�ndose, como un t�mido caracol-. S�lo te cuento lo que estos ojos vieron.

Y un enlace. ;)

Sunday, January 24, 2010

Doneval / Favila

Hace algunas semanas me encontr� con esta entrada en La Frikoteca que me hizo recordar cierta obra poco conocida, pero a la que tengo un especial cari�o por ser la primera que me acerc� a la fantas�a heroica: Doneval, de Graham Dunstan Martin. En realidad, esta novela es la primera de una duolog�a que qued� completa con Favila -nombre de la protagonista femenina- del mismo autor. Las dos formaban parte de la Colecci�n Austral Juvenil, que se pod�a conseguir en los kioskos har� algo m�s de veinte a�os y de la que formaban parte tambi�n obras tan conocidas en su d�a como El misterio de la isla de T�kland, de Joan Manuel Gisbert.

Estas novelas juveniles fueron especiales por varios motivos; aparte de ser mi primera aproximaci�n a la fantas�a como g�nero, hay que destacar tambi�n la forma en que est�n narradas las aventuras y la manera en que trata algunos temas que no se ven con mucha frecuencia en la literatura dirigida a estas edades. Porque Doneval no es s�lo la t�pica novela de fantas�a con h�roe adolescente -Evan- que salva un reino -o dos- y con alg�n gui�o a la obra de Tolkien -Falsardo tiene bastante de Saruman-, es tambi�n una historia en la que los magos discuten con �l algunos aspectos de la magia que resultan ser de lo m�s interesantes ya que, en ella, el fondo es mucho m�s importante que las formas y la luz y la oscuridad -o las dudas y las sombras- van siempre unidas y no es buena idea querer separarlas.
Porque la oscuridad son dudas, incertidumbres. Si destierras la duda, si crees que est�s en lo cierto todas las veces y no corres riesgo de equivocarte, f�jate el mal que podr�as hacer.
Estas explicaciones dar�n m�s juego en la novela Favila, que tiene algunas partes muy curiosas como son las historias de el topo, de Itan�quina -el mundo que habitan todos aquellos que murieron antes de tiempo-, o las historias de Doble / Evan y Estrella / Favila (Inciso: Estrella es la princesa de Ruino y Doble es en realidad Malvenido, hijo de Malfacer, Se�or de Espiajes; ambos tienen en com�n que son en cierto sentido los dobles de los protagonistas, as� como Ruino y Oscuria forman en realidad un solo reino y alg�n caso m�s de doble identidad. Con estas novelas comenz� tambi�n mi fascinaci�n por las historias que tratan el tema de los dobles o doppelg�ngers, no es la primera vez que sale este tema en el blog y quiz�s no sea la �ltima). En fin, no sigo por ah� porque tampoco quiero destripar la historia, con despertar cierto inter�s es suficiente. ;)

No quiero acabar esta entrada sin antes mencionar algunos detalles de la edici�n en espa�ol: por un lado hay que agradecer la traducci�n de Mar�a Luisa Balseiro, llama mucho la atenci�n el cuidado de la misma en general y la traducci�n de los nombres de personajes y lugares en particular, es algo que muchas veces no se hace y me da la sensaci�n que muy pocas se hace bien; por otro, son de agradecer tambi�n las ilustraciones de Juan Carlos Eguillor, algunas de la cuales se pueden ver aqu� y que tienen un estilo muy personal. ;) El trabajo de ambos es fundamental en la imagen que nos hemos creado de este mundo todos los que hemos le�do la historia. La mala noticia es que las dos obras est�n descatalogadas, y es una verdadera l�stima. Estas obras de fantas�a, como algunas ya cl�sicas, tendr�an que estar siempre a disposici�n de todos. Sirva este blog para aportar mi peque�o granito de arena en la tarea de que no caiga en el olvido. ;)

Doneval / Favila

Hace algunas semanas me encontr� con esta entrada en La Frikoteca que me hizo recordar cierta obra poco conocida, pero a la que tengo un especial cari�o por ser la primera que me acerc� a la fantas�a heroica: Doneval, de Graham Dunstan Martin. En realidad, esta novela es la primera de una duolog�a que qued� completa con Favila -nombre de la protagonista femenina- del mismo autor. Las dos formaban parte de la Colecci�n Austral Juvenil, que se pod�a conseguir en los kioskos har� algo m�s de veinte a�os y de la que formaban parte tambi�n obras tan conocidas en su d�a como El misterio de la isla de T�kland, de Joan Manuel Gisbert.

Estas novelas juveniles fueron especiales por varios motivos; aparte de ser mi primera aproximaci�n a la fantas�a como g�nero, hay que destacar tambi�n la forma en que est�n narradas las aventuras y la manera en que trata algunos temas que no se ven con mucha frecuencia en la literatura dirigida a estas edades. Porque Doneval no es s�lo la t�pica novela de fantas�a con h�roe adolescente -Evan- que salva un reino -o dos- y con alg�n gui�o a la obra de Tolkien -Falsardo tiene bastante de Saruman-, es tambi�n una historia en la que los magos discuten con �l algunos aspectos de la magia que resultan ser de lo m�s interesantes ya que, en ella, el fondo es mucho m�s importante que las formas y la luz y la oscuridad -o las dudas y las sombras- van siempre unidas y no es buena idea querer separarlas.
Porque la oscuridad son dudas, incertidumbres. Si destierras la duda, si crees que est�s en lo cierto todas las veces y no corres riesgo de equivocarte, f�jate el mal que podr�as hacer.
Estas explicaciones dar�n m�s juego en la novela Favila, que tiene algunas partes muy curiosas como son las historias de el topo, de Itan�quina -el mundo que habitan todos aquellos que murieron antes de tiempo-, o las historias de Doble / Evan y Estrella / Favila (Inciso: Estrella es la princesa de Ruino y Doble es en realidad Malvenido, hijo de Malfacer, Se�or de Espiajes; ambos tienen en com�n que son en cierto sentido los dobles de los protagonistas, as� como Ruino y Oscuria forman en realidad un solo reino y alg�n caso m�s de doble identidad. Con estas novelas comenz� tambi�n mi fascinaci�n por las historias que tratan el tema de los dobles o doppelg�ngers, no es la primera vez que sale este tema en el blog y quiz�s no sea la �ltima). En fin, no sigo por ah� porque tampoco quiero destripar la historia, con despertar cierto inter�s es suficiente. ;)

No quiero acabar esta entrada sin antes mencionar algunos detalles de la edici�n en espa�ol: por un lado hay que agradecer la traducci�n de Mar�a Luisa Balseiro, llama mucho la atenci�n el cuidado de la misma en general y la traducci�n de los nombres de personajes y lugares en particular, es algo que muchas veces no se hace y me da la sensaci�n que muy pocas se hace bien; por otro, son de agradecer tambi�n las ilustraciones de Juan Carlos Eguillor, algunas de la cuales se pueden ver aqu� y que tienen un estilo muy personal. ;) El trabajo de ambos es fundamental en la imagen que nos hemos creado de este mundo todos los que hemos le�do la historia. La mala noticia es que las dos obras est�n descatalogadas, y es una verdadera l�stima. Estas obras de fantas�a, como algunas ya cl�sicas, tendr�an que estar siempre a disposici�n de todos. Sirva este blog para aportar mi peque�o granito de arena en la tarea de que no caiga en el olvido. ;)